El acero de la tijera –corroído por la humedad, el roce con la tierra y el calor del sol- y la piel de Orlando parecen haber asimilado el paso del tiempo de la misma manera. También de forma similar los dos se mueven. Ambos saben diferenciar la flor del yuyo. Cortan y separan. Y en el fragor de las labores cuesta distinguir la frontera entre el brazo y la herramienta.
“A mí me toca la parte más linda”, asegura mientras sonríe mostrando una encía desprovista de muelas.
Me habló porque hacía varios minutos que estaba sentado, observándolo, a tan sólo un par de metros.
Mueve el brazo para espantar al perro que lo molesta y lo acompaña y continúa su relato: “Arranco a las siete y termino a las tres más o menos. Tengo que cumplir ocho horas, pero se me pasa volando”.
También me contó la historia del tabaquillo y el mimbre, árboles autóctonos del lugar –La Cumbrecita- casi extinguidos debido a su buena madera para leña. Pero según Orlando la verdadera razón es que “se sintieron celosos del ciprés y el pino, que crecen más rápido y grande”. Yo le creo. Él me estrecha la mano y continúa con el trabajo más importante del mundo.
