Ninguna de las instituciones europeas ciñe las correspondientes sinuosidades de la idiosincracia porteña. Se las acepta como el hombre atareado acepta el traje de confección, donde unos miembros huelgan y otros van maldispuestos.
Ni siquiera son idénticas aquellas instituciones más amplias, ubicadas en proximidad de lo específicamente humano, como la amistad. [...] En la amistad europea hay un pacto tácito de colaboración, un complot de conveniencias sin escapatorias ni empalmes sentimentales. En la amistad porteña hay un desprendimiento afectivo tan compacto que es casi amoroso. La amistad europea es un intercambio. La amistad porteña es un don: el único de esta tierra.
[…] Una vez entablada la amistad es ajuste sagrado. Ni los vaivenes de la fortuna, ni los tropiezos de las empresas, ni los malogros de las intenciones pueden destruirla.
[…] La amistad porteña tiene ternuras de madre. […] La amistad no persigue remuneración alguna. Se da libremente. Un buen amigo no podría ser feliz sabiendo que sus amigos no lo son. [...] La amistad porteña es un fortín ante el cual los embates de la vida se mellan. La amistad porteña es un olvido del egoísmo humano.
Scalabrini Ortiz (“El hombre que está solo y espera”)
